La flor de la Agonía

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Soledad y Destino (1931-1944). Emil Cioran. Hermida Editores, Madrid, 2019. Traducción de Christian Santacroce.

Tengo serias dudas sobre la posibilidad de que puedan existir filósofos especialistas en el pensamiento de Emil Cioran. Aceptarlo sería negar una de las máximas de su pensamiento: No hay filosofía, hay pensamiento sobre un Destino, sobre una necesidad insatisfecha y sobre la vanidad de todo esfuerzo. Tiene gracia que sea yo el que diga esto ahora que me he visto convertido en profesor de Filosofía de Instituto de Educación Secundaria y después de recorrer algunos coloquios donde filósofos académicos diseccionan su obra con el bisturí engañoso del concepto.

Cioran, salvando todas las diferencias, también dio clases de Filosofía en Secundaria, precisamente en 1936 en la ciudad de Brasov, en un momento fugaz del periodo en que escribió algunos de los artículos y textos del presente libro. Nuestro autor pronto dejó las clases por esa animadversión al academicismo y la posibilidad de aceptar que haya algo que valga la pena conocer. Ahí comienza su adiós a la Filosofía. En alguna parte de su obra Cioran escribe que no hay mejor sensación que saber que hemos sido filósofos y ya no lo somos y sobre todo porque como él mismo anota en la página 19 del presente libro “el verdadero intelectual ha renunciado a la vida burguesa”. Pensamiento y Filosofía se enemistaron hace demasiado tiempo y esa enemistad continúa.

Si observamos la carta que comenta la imagen que ilustra el libro que reseñamos leemos “La maldición de un mismo Destino”, para referirse a la amistad de Cioran con Petre Tutea y creo que precisamente, esa condición, compartir un mismo destino, es lo que más puede unirnos a Cioran como lectores. No como especialistas sino como hermanos espirituales en el más cercano de los casos. Algo que supera cualquier especialización académica si esta fuera posible sin una aproximación almática.

Se trata pues de un acercamiento espiritual y sobre todo de la convicción de que la Filosofía es algo que ante todo tiene que ver con la condición trágica del ser humano. Eso que Jankelevich definió en una ocasión con precisión y profundidad como la unión de lo imposible y lo necesario o en términos de Unamuno, esa lucha irresoluble entre el conocimiento y la vida que son, en palabras de Don Miguel, esas dos muelas contrarias que nos trituran el alma. En definitiva, es a la sombra de lo trágico donde se asienta todo el pensamiento cioraniano y quizá todo pensamiento auténtico. Un sentimiento trágico que en palabras, nuevamente, de Unamuno, no tienen solamente los hombres sino también pueden tener los pueblos.  Si tenemos que enunciar algunos pueblos de la periferia de Europa que pueden ser catalogados así, rápidamente pensaremos en Portugal, España y Rumanía, con total seguridad.

La publicación de este libro, por primera vez traducido al castellano, sirve para llenar un hueco esencial puesto que se trata de una obra relevante en cuanto que ocupa los años finales de Rumanía, el paso de Cioran por Alemania y su asentamiento definitivo en París. Se trata de todo un periodo en el que nuestro autor, precisamente, se va desvistiendo de la Filosofía académica y pasa a desvincularse definitivamente de esta paulatinamente hasta llegar a París. Y todo como un doble paso paulatino que le lleva a huir del país más trágico del mundo y del espíritu filosófico más tradicional y afrancesado en la misma senda que muchos de sus compatriotas, para acabar arribando al país menos trágico del mundo y paradójicamente al espíritu menos filosófico en el sentido ilustrado y más trágico en el sentido del saber poético de los viejos campesinos rumanos de Rasinari que no necesitaron devorar libros en una buhardilla del Barrio latino de París para extraer las conclusiones principales de la vida: la vanidad de todo esfuerzo.

El valor del presente libro reside precisamente en que el periodo de los textos publicados muestra la flor misma, el cogollo del proceso agónico que emprende Cioran y del que ya no podrá escapar nunca.

Los textos aquí recogidos me han servido para afianzar una serie de intuiciones clave que siempre me abordan cuando leo y pienso en Cioran: 1. Cioran nunca dejó de ser ni pudo dejar de ser un autor rumano. 2. Nietzsche es un autor-espejo fundamental para leer la obra de Cioran. 3. La obra de Cioran es de una actualidad irrenunciable. Con ella se recupera la noción más clásica de Modernidad. Esa que el propio autor rumano definió (cito de memoria) como “chapotear en lo incurable”. 4. El interés que Cioran tuvo por España dista mucho de ser algo anecdótico y es una magnífica clave interpretativa de su obra y sus preocupaciones.

La apropiación cultural que la cultura francesa ha pretendido hacer con la obra de Cioran continua siendo bochornosa además de indefendible. Y todo, porque precisamente la obra de Cioran, a pesar de estar impregnada de cierta necesidad de claridad o de esperanza de claridad, en un sentido religioso y filosófico (que bien podría traducirse por su adopción de la lengua francesa) acaba por reconocer que en un sentido cultural y precisamente por ello trágico (como pensamiento sobre un Destino sufrido y aceptado)  está estrechamente ligado con su condición de autor rumano. En este sentido, Cioran escribe en este libro, en un artículo titulado: ¡Demasiada Claridad!: “Ha llegado el tiempo de una inevitable liquidación del sentimiento “francés” de la existencia. El estilo de vida francés, la literatura y la filosofía francesa no desvelan ninguna vía hacia el misterio, ninguna infinidad o tumulto interior, ni nos permite descubrir al hombre que se agita más allá de las líneas, al espíritu inquieto y atormentado. La claridad será tal vez la marca de una inteligencia disciplinada, mas desde el punto de vista de la riqueza y de la tensión interior, es un signo de deficiencia.”

Esta condición trágica asociada al anterior punto y que de ningún modo puede aceptarse desde la claridad de espíritu que encarna, al menos simbólicamente, lo francés, tiene, como es bien sabido, dos caras, una afirmadora y otra negadora. En la parte negadora y junto a Cioran, podríamos escribir sin esfuerzo los nombres de Schopenhauer, Unamuno, Leopardi, Eminescu e incluso Michaeldsteater.

La Agonía de Cioran no puede comprenderse sin estas cuatro convicciones que apuntalan, para siempre, estos textos, ahora en castellano, los textos donde comienza el desgarro interior del pesimismo más lucido y más dolorido.

 

Pablo Javier Pérez López

 

 

 

 

 

 

 

Un claustro de luz salvaje: Notas al pie de la poética de Pere Gimferrer.

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  (Claustro y detalle de la fachada del Colegio de San Gregorio. Valladolid).

Hace unos meses me encontré inesperadamente con Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) y me confesó que una parte de su celebrado poema “Primera visión de Marzo”, de su libro “Arde el Mar” (1966) se inspira en una visita al Colegio de San Gregorio en Valladolid. Su Claustro, más concretamente, aparece en unos de sus versos donde el poeta escribe: “Yo estuve una mañana, casi hurtada / al presuroso viaje: tamizaban la luz  / sus calados de piedra, y las estatuas / –soñadas desde niño– imponían su fulgor inanimado / como limón o esfera al visitante.”

Este tamizar de la luz, la visión de la luz tamizada por la piedra bien podría ser la mejor definición (intuitiva) del acto poético. Una visión de la luz, del viaje de la luz que sirve para curar, para esculpir la ceguera salvaje de la piedra. Si tuviera que elegir algunas esculturas de San Gregorio que “imponen su fulgor inanimado” para esbozar la poética pictórica del poeta catalán elegiría, sin duda, a los llamados “hombres salvajes” que figuran a ambos lados de la fachada principal del colegio, aunque el poema probablemente se refiera a las gárgolas del claustro.

Se cree que estos hombres silvestres recubiertos de musgo podrían representar al hombre natural en diálogo con el hombre virtuoso o que eran testimonio desde finales del Medievo “de la nostalgia del paraíso perdido, de la inocencia primitiva” como nos dicen en el Museo Nacional de Escultura, pero yo no puedo dejar de verlos como salvajes ciegos por la luz. Recuerdo al ver sus rostros devorados por la claridad de aquel verano prematuro, una afirmación del ensayista portugués Eduardo Lourenço que dice que “el poeta es un ciego iluminado”. Alguien que ve dolorosamente y en la lucidez, labra un destino.

La poesía como don, como instante de visión poderosa, como ver primitivo, como un “momento vacío y cegador”, en palabras del propio Gimferrer, está presente en toda su obra. Se trataría de ver las cosas como si fuese la primera vez, tal como quisieron Alberto Caeiro y De Chirico, pintor este y heterónimo pessoano aquel muy de la preferencia de nuestro poeta catalán.  Ver iluminador, cegador, esencial, instante que nos saca del espejo, que nos permite esculpir, tamizar, tallar el tiempo y hacerlo piedra viva.

Es por ello por lo que la poesía de Gimferrer es esencialmente visual, fotográfica, pictórica, cinematográfica. Su poesía es profundamente barroca si la comprendemos como constante y renovada meditación ante una imagen. En uno de sus dietarios, reflexionando sobre Monet y Octavio Paz escribe: “Luz quieta de lo que vive en la conciencia”. No habrá otra definición tan poderosa de la poesía en varias leguas. Imagino al joven Gimferrer en este claustro, inmóvil, absorto, levemente inclinado buscando el camino de la luz, haciendo de sus gruesas gafas una máscara esmerilada por donde asome el movimiento, la confrontación de la luz y de la sombra y recuerdo de nuevo su poema: “tamizaban la luz / sus calados de piedra”. Lo imagino y recuerdo a José Lezama Lima cuando escribe: “La luz es el primer animal visible de lo invisible.” Es esa luz la madre de las sombras y de los ojos de los poetas. Imagino al joven Gimferrer “ciego entre pétalos tibios” para rescatar un verso de su libro “Amor en Vilo”. Y es que el poeta está en vilo en la frontera entre el aire y la piedra, entre la luz y la sombra, sacando punta al espejo más misterioso. Imagino el rostro cegado de Gimferrer, cegado como el de los salvajes del pórtico, herido y redimido de luz, en la ceguera más iluminada. Y pienso todo esto porque el propio Gimferrer escribió en un pequeño poema titulado “Arte poética” lo siguiente: “Alguna cosa més que el do de síntesi: /veure en la llum el trànsit de la llum.”, “Algo más que el don de la síntesis: / ver en la luz el tránsito de la luz”.

Pero la luz también ciega, la luz sana y condena y sigue siendo misteriosa. Lo dice con claridad Eduardo Lourenço: “Es de la luz que la palabra poética concentra misteriosamente de donde nuestra existencia recibe el máximo de claridad. Esa luz, sin embargo, es impenetrable. ¿Con qué lámpara exploraríamos el corazón del Sol?”. En ocasiones se ha tildado a Gimferrer de poeta oscuro, pero ¿hay acaso otros? En el corazón del blancor, del Sol, de la pura claridad, todo es oscuro. Por ello Gimferrer escribe en el que es uno de sus mejores últimos libros “El Castillo de la Pureza”: “viene de la noche la página cortada”. Recuerdo al poeta portugués Herberto Helder y su conocida súplica: “Dios mío, haz que sea siempre un poeta oscuro”. Esa es la síntesis, el don de la síntesis de los verdaderos poetas: hacer claridad con las sombras, tamizar la luz, hacer en la piedra un nuevo sentido vivible. Y siempre con la nostalgia del paraíso perdido de la pureza.

Para Gimferrer la poesía es un sistema de espejos, de celadas, un espejo doble por donde vemos transitar la claridad, el animal más misterioso que frente a lo que todos desean oscurece el poema y nos revela los misterios en una “hora oscurecida”. El poeta aguarda el “fuego ciego” de la luz, el don de los verbos, por ello, Gimferrer escribe: “¿Qué ojos ven la noche? / ¿Qué ojos son la noche?”. El amor poético de la luz es un amor nocturno. El poeta recoge el viaje de la luz cuando anochece, en el tránsito de lo invisible (“Es invisible el tiempo /como la luz del jardín” escribe nuestro poeta), un resplandor de lo que nos negamos a ver, una nostalgia de la luz, la misma que parecen poseer estos hombres salvajes del Colegio de San Gregorio. En la poética de Gimferrer hay una revelación redentora. Un oficio de escultor de luz que también descansa en la sombra. Escribe: “¿Tan sólo roeremos migajas de lo oscuro?”. El poeta hace una claridad de carne en la palabra. Recuerdo a Unamuno y su “Credo Poético”: “Esculpamos pues la niebla” escribió Don Miguel. Gimferrer sabe bien que la poesía es una escultura de lo invisible animada por la luz y negada por la sombra. Gimferrer sabe que “abrimos el [mismo] corazón de luz que cegó a Dante”.

Ese ardor invisible que Gimferrer encontró en la piedra casi barroca de San Gregorio es el mismo ardor que el poeta siente o inyecta en su palabra. Lo dice él mismo: “Talvez es este el martillo de los poemas: / saber que somos es vivir ardiendo en las palabras”.  El poema, para nuestro autor es “palabra del día y de la noche”, síntesis perpetua del hombre salvaje y del hombre virtuoso que figuran en la piedra de nuestra fachada. Luces y sombras esbozadas en lo invisible. Con Gimferrer comprendemos que quizá “sólo hemos sabido decir la nieve ausente” y que el poeta es un zahorí perpetuo esclavo de la luz más densa.

 

Pablo Javier Pérez López