De Ángel González o “No sólo el poeta es un fingidor”

 

 

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¿Quién finge más el hombre o el poeta? Esta es la pregunta que parece plantear Ángel González (1925-2008), poeta español, representante ilustre de la llamada Generación del 50 y probablemente uno de los mejores poetas españoles del siglo XX. En su poema “No sólo el poeta es un fingidor”, parece contrariar el verso del ya conocido poema pessoano “Autopsicografia”: “O poeta é um fingidor”. Verso que se ha convertido en lugar común, casi siempre mal traído –dicho sea de paso- por plantearlo y repetirlo huérfano del resto del poema. Gastado, del uso burdo tanto de la petulancia literaria como del nadaísmo de las citas alegres y ligeras.

 

Gónzalez escribe:

 

No solo el poeta es un fingidor.

 

Yo soy un fingidor; yo, no el poeta.

Ahora habla el hombre:

Sí, soy un fingidor.

Ved mi sonrisa. ”

 

[Ángel González, “Nada grave”, Visor, 2001.]

 

Parece que González afirma la supremacía de la ficción de la vida sobre la ficción de la literatura, del poeta y del poema. No estoy seguro de que se plantee una ecuación poética desemejante de la que nos dejó el poeta portugués aunque bien merece el asunto una consideración, consideración que acabaría siendo una reflexión sobre la ficción y el parentesco entre vida y arte.

 

La vida, aceptada como apariencia verdadera, acaba por ser  una identificación plena de vida y literatura. En ese caso, caso pessoano, sin duda, la vida del sujeto civil que es, a su vez, poeta, no existe, existiendo apenas una identificación total y rotunda entre el poeta y el poema, entre el oficio y la vida, entre la identidad civil y la identidad literaria. Borges habla de su yo escritor y de su yo hombre en su famoso poema “Borges y yo”. En este sentido, bien podría ser el poema de Ángel González un poema de ese mismo estilo borgiano, donde el poeta español nos dice que detrás de la sonrisa cotidiana y civil del hombre ciudadano que caminaba por las calles con amabilidad y ternura, está el dolor, grande como el mundo, de una piel repleta de cicatrices. Ese fingir, el fingir del hombre, del hombre sensible hasta la enfermedad, es el que se sobrepone sobre el fingir propio del oficio de poeta. Y ese fingir primero y primerizo, esa coraza de caracol herido, es la que arrastra el verdadero poeta que no puede despegarse del dolor del mundo, es decir, que no puede alcanzar la alegría de hacer de toda su vida literatura.

 

Y ese fingimiento, ese fingir que es no caer en el patetismo y el lamento, que se sostiene con la ironía y una cierta felicidad posada, es la que destila, poco a poco, González en el alambique de la poesía, huyendo del mito de la literatura como don, hasta alcanzar la cima de la poesía sencilla pero profunda y no por eso menos metafísica, de la poesía que denuncia y que puede hablar con un realismo fingido de lo real, con una sonrisa enmascarada del más profundo dolor de estar vivo, con una sonrisa irónica de la cicatriz olvidada de la vida.

 

Y todo, porque quizá, como dijo Pessoa, Fingir es conocer y conocerse. González finge por decoro y dice en el poema con la claridad fingida de la vida y finge que no le duele vivir para poder hacer poemas y caminar por lo cotidiano un poco más literariamente, como si vivir no doliese y escribir poemas pudiese salvarnos de algo, sirviese para algo.

 

¿Quién finge más el hombre o el poeta? ¿Quién es más hombre, el hombre o el poeta? ¿Quién es más poeta, el hombre o el poeta?

 

Copia silenciosa de las cosas que no existen.

 

 

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” Só a Literatura – copia silenciosa das

cousas que não existem… tem fins

de cidade no paiz das Artes. As outras

são arrabaldes de villas que já não

existem.”

[BNP/E3 153-76 detalle ]

 

La literatura, como el tiempo, como esas otras realidades misteriosas y polimorfas que nos muerden la boca del alma y se van como serpientes mojadas, como el resto de venenos que condenan y salvan, es un bicho escurridizo, al menos escurridizo para las palabras, esas cajas sin agujeros que debemos usar para decir, para imitar a dios, y crear mundos en el mundo.

“Creación de mundos en el mundo”, esa es la mejor definición de literatura, o la que más me ha convencido como soldado raso y malo del oficio. Sin embargo hay otras muchas destacables de insignes y no tan insignes escritores. (Los mejores escritores no son conocidos y nunca se conocerán).

Buena parte tiene que ver con el tiempo: “Supresión del tiempo y el espacio” Julio Cortázar, “Hay que imponerle la eternidad a la vida” Juan Ramón Jiménez,  “diálogo con el tiempo”, “palabra esencial en el tiempo”, Antonio Machado. Otras con la vida. Con la necesidad de perfeccionar, completar, reconstruir o resucitar la vida: “Perfeccionamiento subjetivo de la vida” Fernando Pessoa, “La poesía es una respuesta a la necesidad diaria de arreglar el mundo.” Wallace Stevens, o “A arte existe, não, como quer Campos, para substituir a vida, senão para a completar.” Ricardo Reis.

Con la eterna necesidad de confundir vida y literatura, de alcanzar la vida mediante la literatura: “It is life we are trying to get at in poetry.”  o “The purpose of poetry is to make life complete in itself.”  Wallace Stevens. De superar y olvidar el dolor de la vida mediante la literatura: “Escrever é esquecer. A literatura é a maneira mais agradável de ignorar a vida.”, Bernardo Soares, pero, sobre todo, la literatura es una búsqueda de la identidad perdida o mutilada, un buscarse en el espejo roto del mundo y el lenguaje, un sanar la cicatriz del ser, de lo que somos. Bien dijo esto Borges en su “Arte poética”:

 

“A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.”

Y al ser principalmente un ampliar, corregir, imponer profundamente la vida, al nacer de una inadaptación, es también, como decir originario, un acto de locura. Toda locura es un desajuste con la realidad, toda locura elegida, y esencialmente la literaria, nace de un intenso encontrar-se frente al mundo, de una desnudez del alma frente al cuerpo del mundo. Lo dice muy bien Cioran: “La poesía sólo se ejerce en las indeterminaciones metafísicas, en el vacío que se abre entre el alma y el cielo”.

Tiempo, Vida e Identidad son algunas de las claves originarias de la literatura, los tres huesos principales de su alma escurridiza y por eso, la definición, mejor, la evocación del hacer literario que más me ha mordido en todo este tiempo ha sido una afirmación pessoana (probablemente de Campos), rescatada en 2009:

“copia silenciosa das cousas que não existem”

La literatura es un diálogo desnudo y silencioso con el tiempo, con el tuyo y con el nuestro, en el que el poeta dibuja con palabras nuevas lo que no es, lo que no somos, el otro rostro que aparece en el espejo y que también debe vivir entre nosotros, en nos-otros, huérfanos sin miedo.

“No dia do meu Aniversário”: Máscaras y peces sin agua.

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Dicen que yo era un niño educado y tranquilo. Que decía “hola señor” y “buenas tardes señora”. Que no lloraba y que jugaba solo con un muñeco por horas, como si el tiempo estuviese oxidado o muerto. Dicen que no tenía miedo y que ante una máscara africana, muy grande, que mis padres habían colgado en una pared, y que aún hoy me pongo, yo decía “hola señor”, mientras mis primos salían despavoridos.
Dicen que sacaba los peces de la pecera y los ponía bajo la manta para que pudiesen dormir y que me olía el ombligo y veía Barrio Sésamo con las dos manos sobre la barriga caliente.
Todo concuerda, sigo siendo el mismo niño que había leído a los poetas sin saberlo, que sabía que las máscaras son las únicas que pueden decir la verdad (de lo que somos y lo que seremos), que la poesía consiste en hablar con los peces fuera del agua, en querer que vivan fuera del agua y que la verdad que queda atávica en los ombligos es la única que puede decirnos algo del origen sagrado y del futuro

Cada cumpleaños, puntuales, las mismas cuestiones, como una bandada de golondrinas perezosas, este vez bajo esta formulación:

¿Cuánto duran los años de los poetas?
¿Quién cose sus heridas con deseos y eternidades húmedas?
¿Quién paga la cuenta de sus lamentos?
¿Cuántas veces nacen cada año?
¿En cuántos vientres distintos?
¿A qué horas?

Sin embargo, hoy, que me cuentan mi predilección y prematuro respeto por las máscaras y mi manía, también prematura, de cuidar y acostar peces fuera del agua, comprendo mejor lo que es la poesía y lo que escribió Álvaro de Campos en su poema “Aniversário”.

Sobre la poesía, que es esencialmente diálogo creador con el Tiempo y con nuestro tiempo dibujo alzado de nuestro rostro ante un espejo roto, reconstrucción narrativa de nuestra memoria pasada y futura, recuerdo estas palabras que Machado dice que dijo Mairena:

“La poesía es —decía Mairena— el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. Eso es lo que el poeta pretende eternizar, sacándolo fuera del tiempo, labor difícil y que requiere mucho tiempo, casi todo el tiempo de que el poeta dispone. El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos; entendámonos: de peces que puedan vivir después de pescados.”

El niño, en este caso yo, poco antes de mis dos años, quiere peces que puedan vivir después de pescados, que duerman bajo una manta y se hagan humanos. Y lo quiere así porque no conoce el dolor del tiempo, del tiempo fuera del agua, del agua del tiempo. Profundamente metafórica, casi reveladora parece esta anécdota. Sucede lo mismo con la máscara africana, a la que yo profesaba respeto y admiración. “Todo lo que es profundo ama la máscara”, dijo Nietzsche y esto sólo parecen saberlo bien los niños y los poetas. Cada cumpleaños, cada aniversario, cada proporción de tiempo cumplido, cada piel mudada, cada año que nos quitamos como una camisa sucia, dialogamos con el tiempo, con el nuestro. Pensamos en el eternizar de la infancia y de la poesía, nos miramos en el espejo del devenir sin saber muy bien quién es ese otro que soplaba las velas años atrás. Fuimos otro y seremos otro y por eso necesitamos salir del tiempo para descansar del viaje, salir del agua y vivir bajo la manta de la infancia y la eternidad conquistada con la ingenuidad y el arte. Bajo la máscara de una tribu perdida.

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Álvaro de Campos habla de ese pasado sin tiempo, sin “dolor del tiempo” para hablar como Soares, esa felicidad del tiempo en el que “ninguém estava morto” y en el que la alegría era una religión insobornable y duradera (en términos Bergsonianos). Campos, pero fundamentalmente Pessoa –creo- habla de sobrevivir a ese tiempo y a esa familia extinta, con una frase que mucho sedujo a Cioran“estar eu sobrevivente a mim-mesmo como um fósforo frio…”. -Sobrevivirme a mí mismo como un fósforo frío-. Sobrevivimos a los otros, pero sobre todo sobrevivimos a nuestros anteriores rostros, a nuestros otros Otros. Sobrevivimos al tiempo consumido y al dolor del porvenir y la esperanza dormida.
Cada año la misma rabia de no haber robado el pasado “Raiva de não ter trazido o passado roubado na algibeira!..” pero la esperanza de aprender a robar el futuro y el tiempo, tras mirarnos en el rostro del niño que fuimos, que soplaba las velas con la mano en el pecho como un pequeño Napoleón o un diminuto Gómez de la Serna, con la esperanza de que las máscaras y el deseo de pasear peces vivos curen las heridas del tiempo, las cicatrices que sólo salva la saliva correcta o la poesía que no tiene fecha de caducidad ni envase aparente.