“No dia do meu Aniversário”: Máscaras y peces sin agua.

yo

Dicen que yo era un niño educado y tranquilo. Que decía “hola señor” y “buenas tardes señora”. Que no lloraba y que jugaba solo con un muñeco por horas, como si el tiempo estuviese oxidado o muerto. Dicen que no tenía miedo y que ante una máscara africana, muy grande, que mis padres habían colgado en una pared, y que aún hoy me pongo, yo decía “hola señor”, mientras mis primos salían despavoridos.
Dicen que sacaba los peces de la pecera y los ponía bajo la manta para que pudiesen dormir y que me olía el ombligo y veía Barrio Sésamo con las dos manos sobre la barriga caliente.
Todo concuerda, sigo siendo el mismo niño que había leído a los poetas sin saberlo, que sabía que las máscaras son las únicas que pueden decir la verdad (de lo que somos y lo que seremos), que la poesía consiste en hablar con los peces fuera del agua, en querer que vivan fuera del agua y que la verdad que queda atávica en los ombligos es la única que puede decirnos algo del origen sagrado y del futuro

Cada cumpleaños, puntuales, las mismas cuestiones, como una bandada de golondrinas perezosas, este vez bajo esta formulación:

¿Cuánto duran los años de los poetas?
¿Quién cose sus heridas con deseos y eternidades húmedas?
¿Quién paga la cuenta de sus lamentos?
¿Cuántas veces nacen cada año?
¿En cuántos vientres distintos?
¿A qué horas?

Sin embargo, hoy, que me cuentan mi predilección y prematuro respeto por las máscaras y mi manía, también prematura, de cuidar y acostar peces fuera del agua, comprendo mejor lo que es la poesía y lo que escribió Álvaro de Campos en su poema “Aniversário”.

Sobre la poesía, que es esencialmente diálogo creador con el Tiempo y con nuestro tiempo dibujo alzado de nuestro rostro ante un espejo roto, reconstrucción narrativa de nuestra memoria pasada y futura, recuerdo estas palabras que Machado dice que dijo Mairena:

“La poesía es —decía Mairena— el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. Eso es lo que el poeta pretende eternizar, sacándolo fuera del tiempo, labor difícil y que requiere mucho tiempo, casi todo el tiempo de que el poeta dispone. El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos; entendámonos: de peces que puedan vivir después de pescados.”

El niño, en este caso yo, poco antes de mis dos años, quiere peces que puedan vivir después de pescados, que duerman bajo una manta y se hagan humanos. Y lo quiere así porque no conoce el dolor del tiempo, del tiempo fuera del agua, del agua del tiempo. Profundamente metafórica, casi reveladora parece esta anécdota. Sucede lo mismo con la máscara africana, a la que yo profesaba respeto y admiración. “Todo lo que es profundo ama la máscara”, dijo Nietzsche y esto sólo parecen saberlo bien los niños y los poetas. Cada cumpleaños, cada aniversario, cada proporción de tiempo cumplido, cada piel mudada, cada año que nos quitamos como una camisa sucia, dialogamos con el tiempo, con el nuestro. Pensamos en el eternizar de la infancia y de la poesía, nos miramos en el espejo del devenir sin saber muy bien quién es ese otro que soplaba las velas años atrás. Fuimos otro y seremos otro y por eso necesitamos salir del tiempo para descansar del viaje, salir del agua y vivir bajo la manta de la infancia y la eternidad conquistada con la ingenuidad y el arte. Bajo la máscara de una tribu perdida.

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Álvaro de Campos habla de ese pasado sin tiempo, sin “dolor del tiempo” para hablar como Soares, esa felicidad del tiempo en el que “ninguém estava morto” y en el que la alegría era una religión insobornable y duradera (en términos Bergsonianos). Campos, pero fundamentalmente Pessoa –creo- habla de sobrevivir a ese tiempo y a esa familia extinta, con una frase que mucho sedujo a Cioran“estar eu sobrevivente a mim-mesmo como um fósforo frio…”. -Sobrevivirme a mí mismo como un fósforo frío-. Sobrevivimos a los otros, pero sobre todo sobrevivimos a nuestros anteriores rostros, a nuestros otros Otros. Sobrevivimos al tiempo consumido y al dolor del porvenir y la esperanza dormida.
Cada año la misma rabia de no haber robado el pasado “Raiva de não ter trazido o passado roubado na algibeira!..” pero la esperanza de aprender a robar el futuro y el tiempo, tras mirarnos en el rostro del niño que fuimos, que soplaba las velas con la mano en el pecho como un pequeño Napoleón o un diminuto Gómez de la Serna, con la esperanza de que las máscaras y el deseo de pasear peces vivos curen las heridas del tiempo, las cicatrices que sólo salva la saliva correcta o la poesía que no tiene fecha de caducidad ni envase aparente.

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