Carlos Souza, el heterónimo uruguayo de Fernando Pessoa.

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Según leí después había llegado a Montevideo en 1934. Tenía según los documentos que se transcriben en el libro una profunda amistad con Ricardo Reis con quien vivió una temporada en el Brasil. Llegó a Montevideo con 26 años y decidió quedarse después de pasar algún tiempo en Buenos Aires. Su decisión nació en buena medida de la sensación que le produjo la llegada a Montevideo, ciudad que mucho le recordó a Lisboa, lugar que podría ser otra Lisboa, ciudad donde se flota sobre la nostalgia y la verdad, donde algo de mar o de río ancho te abraza para siempre. Ciudad a la que llegó tras los pasos del Conde de Lautréamont a quien mucho había leído en su juventud lisboeta.

Fue en una librería cercana a la plaza Cagancha, en Montevideo, una de esas librerías que tienen altillos en los costados, soportes elevados con vigas de madera alrededor de las paredes. Allí compré un extraño y antiguo libro titulado “Lembranças de Olisipo”, su autor era Carlos Souza y después de algunos extraños cuentos y poemas aparecía un breve estudio y una transcripción de una carta a Fernando Pessoa, una carta en la que, traduzco, se decía

 

“Montevideo, 15-XI-1936

Querido Fernando,

Temo que te hayas olvidado de mí, pues ya no he recibido más cartas tuyas. Me siento sólo, sólo en una soledad de océano o de isla perdida. Tengo unas enormes saudades de Lisboa y de nuestras polémicas en el Martinho pero sobre todo echo de menos nuestras conversaciones sobre Nietzsche y Schopenhauer y sobre los antiguos navegantes, bajo las jacarandás del Carmo. Aún guardo el poema que empezamos a escribir junto a Bernardo Soares imaginando un viaje al sur, camino de los vientos patagónicos que cantó Campos en su Ode Maritima. Creo que ese poema debería titularse Montevideo, donde finalmente llegué después de algunos viajes. Poema que quizá podría ser alguna vez un tango. Le adjunto una copia ya acabada por mí del poema y escrita en español, perdone, pero ya me acostumbré a esta lengua que me ha secado mi portugués y mi garganta pero no los ojos ni las tripas. No se enoje conmigo, déjeme volver a su memoria, necesito que usted me diga qué hacer con mi vida. Es inútil estar en usted sin saber nada de usted. Aunque vivamos como recuerdos, estoy muriendo de nostalgia de un creador, de alguien que me sueñe otra vez más. Temo haber nacido sólo para un momento de nostalgia de un futuro que usted nunca tuvo, o nunca quiso tener, cuando miró desde Cais do Sodré, la otra orilla del Tejo, pensando en llegar a América, al menos con el pensamiento o con uno de esos barcos, que van a América con algo de nosotros dentro.

Le dejo en fin el poema que he firmado yo, provisionalmente, a la espera de que usted me diga quién debe firmarlo. No soy un gran poeta pero siendo parte de usted merezco al menos la mirada de un padre, o por lo menos de un amigo.

Hace ya un año que no sé nada de usted ni de ninguno de sus otros “usted”. Me siento huérfano.

Escríbame por favor, Escríbame,

Suyo

 

Carlos Souza

 

MONTEVIDEO

 

Llegó en el barco y en la memoria

Hay puertos hermanos en la distancia

Que hacen dudar del tiempo y de los días

Llego a ti como a mí mismo

Como a la Lisboa desde la que llego al mundo

Como un brazo estirado o una luna sobre el río

Eres yo mismo, Lisboa reflejada en otro río

Carta al sur que llega de un monte perdido

América de mí mismo, nostalgia de lo que seré

De lo que soy debajo de lo que he sido

Barco de mí mismo, en la tierra, puerto

Donde entro para recuperar en silencio

La belleza y la verdad de mí mismo

La ciudad de mí mismo

Todos mis poetas y sus hijos

Sobre el vientre que me diste.

 

Carlos Souza”

 

Anoché soñé con Carlos Souza, el heterónimo uruguayo de Fernando Pessoa. Quizá imaginé a Souza después de escuchar el poema de Juan Gelman, Yo también escribo cuentos, e imaginar un barco que salió entre la niebla de Lisboa y arribó al puerto de Montevideo con algo de Pessoa en su bodega. O quizá después de releer el poema de Borges titulado Montevideo y su verso imborrable “Ciudad que se oye como un verso”, o quizá recordando que una vez estuve en Montevideo y algo mío se quedó allí, como se quedan los recuerdos, los poemas y lo que pudimos haber sido.

 

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