La otra otredad: Julio Cortázar y Fernando Pessoa.

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La otredad es la única patria del poeta. Esta es una premisa, una puerta de oro para el que se encuentra con un poeta verdadero, para el que alcanza a saborear una parte esencial de la vida y la literatura. Sin embargo pocas veces nos preguntamos por las diferentes otredades vivibles e invisibles que pueden habitarse. Por la genealogía de la otredad, por sus especies, sus hibridaciones y sus familiares. Leamos este pasaje de Rayuela que nos hace pensar en la doble otredad, en la otra otredad:

“¿Y qué quiere decir vivir de otra manera? Quizá vivir absurdamente para acabar con el absurdo, tirarse en sí mismo con una tal violencia que el salto acabara en los brazos de otro. Sí, quizá el amor, pero la otherness no dura lo que dura una mujer, y además solamente en lo que toca a esa mujer. En el fondo no hay otherness, apenas la agradable togetherness. Cierto que ya es algo”… Amor, ceremonia ontologizante, dadora de ser. Y por eso se le ocurría ahora lo que a lo mejor debería habérsele ocurrido al principio: sin poseerse no había posesión de la otredad, ¿y quién se poseía de veras? ¿Quién estaba de vuelta en sí mismo, de la soledad absoluta que representa no contar siquiera con la compañía propia, tener que meterse en el cine o en el prostíbulo o en la casa de los amigos o en una profesión absorbente o en el matrimonio para estar por lo menos solo-entre-los-demás? Así, paradójicamente, el colmo de soledad conducía al colmo de gregarismo, a la gran ilusión de la compañía ajena, al hombre solo en la sala de los espejos y los ecos. Pero gentes como él y tantos otros, que se aceptaban a sí mismos (o que se rechazaban pero conociéndose de cerca) entraban en la peor paradoja, la de estar quizá al borde de la otredad y no poder franquearlo. La verdadera otredad hecha de delicados contactos, de maravillosos ajustes con el mundo, no podía cumplirse desde un solo término, a la mano tendida debía responder otra mano desde el afuera, desde lo otro”. (Rayuela. Capítulo 22)

Aquél hombre que se había resbalado en la rue Madalene de París que rápidamente había sido identificado como un Escritor, y que por lo tanto, no tenía familia, (“No tiene familia, es un escritor”) es decir, era un solitario, rodeado de libros, nos hace pensar en los tipos de soledad o más bien en la necesidad de un tipo de soledad para el oficio de escritor.

La doble naturaleza de la otredad, (de la soledad y de la identidad) o si se quiere, la afirmación, la exigencia de otra otredad, de la otra otredad, la de carne y hueso, la vivible, la otredad hallada en otro y no en uno mismo, en una mujer, o en otro de esos animales sagrados: el amor hallado y no labrado en el rostro interior del Unomismo.

El escritor, el verdadero escritor, el poeta, el que está herido por esa “enfermedad incurable y pegadiza” (son palabras del Quijote referidas a la poesía), nunca puede y nunca debe salir de esa soledad, de ese “estar-solo-entre-los-demás”, esa soledad que Cioran llamó cósmica, pero si debe, necesita, con la urgencia del agua o el amor, pisar, besar, sentir esa otra mano tendida que alguien lanza desde fuera, del otro lado de la ventana de los ojos, el contacto delicado y certero, exacto de otra piel. Eso que llaman Amor, en suma. “ceremonia ontologizante. Dadora de ser” como dice Cortázar. ¿Puede existir la literatura sin la experiencia profunda y carnal continuada del amor?¿No está en el éxtasis amoroso la más profunda y definitiva experiencia extática?

¿Cómo ser otro sin dejar de ser uno mismo? ¿Dónde queda la organicidad, el nombre, lo que somos dentro del río de ser?

A uno después de escribir y sentir todo esto le da por pensar que Fernando Pessoa, pope de la otredad junto a Borges, Paz y otros tantos, pasó su vida en la otredad manifiesta de lo pensado y lo sentido, en la más colosal otredad enciclopédica sin poder alcanzar la otra otredad, la de la mano tendida, la del amor líquido y acuoso. ¿Quedó algo de Pessoa dentro del río? ¿Puede morir el poeta arrastrado por la otredad que pule hasta matar, que besa hasta morir, que moldea sólo por las afueras?

“Sin poseerse no había posesión de la otredad” dice Cortázar. ¿No hay en Pessoa un rostro perpetuamente borrado, un espejo roto, un poseerlo todo sin poseerse a sí mismo?

Vivimos tiempos absolutamente carentes de existencias literarias. Por eso mismo la soledad que abunda, es esa que Cortázar aquí llamar gregaria. Una manada de solitarios que no saben ni pueden valorar la otredad, la experiencia abismal del otro, de otra mirada, de otra piel, de otra boca, de otro mundo. Sólo algunos aparentemente solos y demasiado llenos, los poetas, pueden, si aceptan conservar y conversar su propia piel, habitar y fundar nuevos mundos tras viajar de lo otro y volver a lo que son, al rostro indescifrable pero imperdible del que partieron. Sin una experiencia profunda de la otra otredad todo está perdido o mejor, oculto, aún velado y perdido. Miren el rostro del hombre que parece un paseante más, otro más, puede ser un hombre que tenga esa otra otredad que puede salvar el mundo o una vida, el espejo que buscamos desde siempre.

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