Quedar sin caer: transeúntes de Lisboa.

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Yo no sé en qué consiste; pero en esta tierra portuguesa,
casi todos aquellos con quienes cruzo me parecen antiguos
conocidos: tienen caras que he visto en alguna otra parte.

Miguel de Unamuno

Hay algo diferente en los transeúntes de Lisboa. Los transeúntes suelen estar de paso. Nacieron para pasar. Para pasar eternamente sin mirar atrás ni adelante.  En Lisboa más que pasar quedan. Quedan como árboles o casas, como piezas de un tiovivo calmo y antiguo. Quedan como el amor o la esperanza sobre el suelo negro de la memoria.  Y ese es el sentimiento de fusión total con el espacio. Personajes pasando por el cuadro de su vida. Animales dentro de una caja casi metafísica donde hay pocos relojes. Caracol con concha, poeta en un bosque, cachorro en madriguera.

Hay tanto tedio en la ventana podrida de esa casa de Graça como en el rostro del anciano que fuma el tiempo en la esquina de la Tabacaria o está, simplemente está en la esquina del café o el Talho.. La identidad, la herida, la costra que se recorre vez tras vez, la rutina del rostro que se agrieta, el espejo pálido y roto del cielo alto y el río quieto. El muelle que no sabe pasar y sólo queda. Barco eternamente inmóvil. Narciso sin espejo que no tiene prisa.

“Para viajar basta existir”, “Ah, todo o cais é uma saudade de pedra!” Son expresiones que sólo tienen sentido habitando esta ciudad hasta que los desconocidos sean tus semejantes. ¿No es hacer de los desconocidos tus semejantes lo más sagrado que habita el misterio del amor y la literatura?

Los lugares pueden absorbernos el rostro sin esfuerzo. Pero sólo los lugares donde el tiempo gotea muy lentamente. Las ciudades-puerto, las ciudades-barco, los poemas-ciudad, los lugares propicios al amor y al poema, donde la evocación o el mesianismo, los dos deportes más peligrosos de los hijos del mito, son religión subcutánea, sangre de un cuerpo que evita el pecado de no salir del tiempo, de no saber quedar en el espacio.

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