Manásses, el barbero de Pessoa.

 

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Recuerdo haber pensado hace poco sobre las barberías y sobre las peluquerías masculinas como los lugares más sagrados que yo he conocido. Ninguna iglesia salvo quizá aquella de San Juan Chamula que visité en Chiapas alberga nada tan sagrado como una barbería de barrio de Lisboa o de cualquier otro rincón donde aún el habitar es un arte. Creo, firmemente, que en lo cotidiano, transitado y mirado fijamente, está lo más sagrado que tiene el hombre de hoy, o quizá los pedazos de lo más sagrado que un día tuvo.

Día a día y aún hoy los antiguos hombres de inicios de siglo acudían al barbero para recibir la caricia certera de una navaja que recordaba que el tiempo no sabe morir y tampoco mentir. La barba en el hombre es sin duda una de las manijas de esa alegre maldición de la orilla del tiempo. Muchas mujeres han preguntado a lo largo de la historia, también la mía, para qué sirve el pelo. Lo ignoro en el caso de ellas, creo firmemente que el pelo sirve en el caso de los hombres para sufrir y celebrar el paso del tiempo, para que el hombre se reúna a sufrir y a reír el tiempo.

Siempre he sentido con especial intensidad la profundidad metafísica de las barberías. Imposible no sentir la profundidad del tiempo, todos sus rugosos pliegues cuando el que parece mi rostro se presenta en el gran espejo que me vigila y del que desaparece pelo y quizá tristeza tras la destreza aliviadora del barbero.

Las barberías son lugares a los que los hombres acuden para mostrar que son hombres, que tienen mucho pelo y son valientes y para hablar de mujeres bonitas y de coches y sobre todo de fútbol. Bien, puede ser, pero a las barberías los verdaderos hombres no van a ser hombres sino a ser poetas, es decir, a ver cómo el tiempo desaparece de los rostros y como en lo cotidiano nace lo otro, una belleza soñada o una metáfora que sale inesperadamente de un niño que sobre un taburete sobre la vieja silla hidráulica, sonríe o llora.

Las barberías son los lugares donde la Modernidad sufre y se celebra. Por qué un lugar con tantos espejos. “El creador del espejo envenenó el alma humana” escribió Soares en su libro. Sí, espejos y navajas. Las barberías son los lugares donde lucha el futuro y el pasado, el sueño y la realidad, donde el tiempo puede cortarse para beber su líquido en herida infinita de la navaja sobre el cuello, dispuesto a dejarse seducir por el abismo. Quien no sintió el misterio de la vida en una barbería no es hombre. Quien no pensó en el futuro y en el pasado frente al espejo de una barbería no es hombre. Quien no amó el rostro perdido de niño en una barbería no es hombre. Quien no se sintió hombre, es decir, poeta, en una barbería no es hombre. Sin embargo, es verdad, en las barberías, los poetas, pueden sentir un especial dolor ante la presencia fútil de los otros, ante la nadería del hombre común, del hombre que no consigue sentir ni contemplar la vida, ante el hombre, feliz, en definitiva.

Pienso en todo esto después de ver una barbería cerrada del centro de Lisboa. Cerrada y abandonada como un viejo sueño, como una vida olvidada. Las sillas, aún alineadas, quedan frente al gran espejo donde varios poetas se miraron, con la verdad de quien contempla frente al hombre fútil que habla sin ver, que mira sin ser. Pienso en esto porque en uno de estos sillones estuvo una vez el cuerpo de Fernando Pessoa, allá en la barbería Seixas, de la misma calle donde el poeta tuvo su último y más productivo cuarto en Coelho da Rocha, en el barrio de Campo Ourique.

El propio Pessoa a través de Soares nos habla de la escena cotidiana de la barbería, del asiento vacío donde ayer estuvo un hombre que también hacía la barba y murió. Nos habla de la cotidianidad y su dolor, y del acto sagrado de asomarse al misterio de la vida en tan peculiar disposición del cuello periódicamente raspado por el tiempo.  Ese transeúnte de lo cotidiano, es el hombre dolorido con la vida, incrustado en la vida, como una piedra obligada. Así aparecía Pessoa en la barbería Seixas, distraído, meditabundo, a enfrentarse con el espejo y con las tertulias de hombres fútiles y sabiondos. Allí aparecía para pedirle a su barbero, a quien llamaba “Maestro”, que fuese a su casa a afeitarlo. Se sabe que su barbero le limpiaba su cuarto y le proveía de licor. Y nada de esto me extraña.

Pienso todo esto porque se sabe, que Manásses, el barbero de Pessoa que iba a su casa, quizá porque Pessoa quería huir de los espejos y de los hombres fútiles, fue uno de sus principales amigos y confesores, y sabiendo de lo sagrado del oficio no me extraña. Y lo pienso también porque Manásses, nombre de origen judío, significa “olvido”. Y no hay duda de que Pessoa quiso ser el gran amigo del olvido, que como dijo Borges es lo único que no existe. Pessoa, como todos los poetas, quiso olvidar junto a un espejo.

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