“Ángel Guinda. La llaneza trascendente.”El Norte de Castilla, 3 de Octubre de 2015.

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Pessoa en gallego, al fin.

2014-11-04 11.33.55

Mucho hemos tardado en tener, por fin, una traducción gallega de Pessoa que esté a la altura de los versos imborrables del autor portugués. Por fin podemos dejar a un lado este lamentable olvido gracias al inmejorable trabajo de traducción y selección llevado a cabo por Carlos Taibo, que más allá de penetrante pensador y profesor de ciencias políticas siempre puso una vela a Don Fernando, especialmente desde su magnífica reunión de ensayos titulada  ‘Parecia Não Pisar o Chão’. Con la presente obra, se salva un olvido imperdonable y se abre un inmejorable momento para repensar las relaciones, no apenas luso-galegas o hasta ibéricas si se nos permite ser un poco más anchos, sino la importancia o relevancia “literaria” que lo gallego tuvo en la obra-vida pessoana.

No resulta muy conocido que uno de los más importantes cómplices en la aventura heteronímica pessoana fue Alfredo Guisado, poeta de origen gallego, miembro del grupo de Orpheu, de gran autenticidad en su escritura. Poeta y amigo de Pessoa que prestó apoyo a la necesaria dotación de carnalidad a los otros-yo pessoanos, especialmente a Campos y Caeiro. Basta recordar dos breves textos de Pessoa:

“O Orpheu foi logo para a typographia, ficando eu apenas a completar o “Opiário” do meu personagem Alvaro de Campos, que embora hypoteticamente escripto antes da “Ode Triunfal” o foi realmente depois. O numero foi de facto bem organizado. Começava, àparte o prefacio, com uns poemas de Sá-Carneiro e fechava com a “Ode Triumphal” do meu velho e inexistente amigo Alvaro de Campos. E, a proposito de Ode Triumphal. Para dar, mesmo para os proximos de nós, uma idéa de individualidade do Alvaro de Campos, lembrei ao Alfredo Guisado que fingisse ter recebido essa colaboração da Galliza; e assim se obteve papel em branco do Casino de Vigo, para onde passei a limpo as duas composições. Lembro-me ainda do Antonio Ferro e Augusto Cunha, então muito novos, e que frequentemente iam pelos Irmãos Unidos, lerem atentamente, sòsinhos numa mesa ao fundo, essas composições inesperadas; assim como me lembro do Almada Negreiros, depois de ler com enthusiasmo a Ode Triumphal, me saccudir fortemente pelo braço, vista a minha falta de enthusiasmo, e de me dizer quasi indignado: “Isto não sera como v. Escreve, mas o que é é a vida”. Senti que só a sua amisade me poupava à affirmação de que Alvaro de Campos valia muito mais do que eu.

(Sensacionismo, p. 89, post 1922)

 “[…]Duas notas curiosas e engraçadas, ambas com respeito ao mesmo assunto:

Há dias passava eu de carro na Avenida Almirante Reis. Levanto os olhos por acaso, leio no cabeçalho de uma loja: Farmácia A. Caeiro.

A outra é melhor. Como a única pessoa que podia suspeitar, ou, melhor, vir a suspeitar, a verdade do caso Caeiro era o Ferro, eu combinei com o Guisado que ele dissesse aqui, como que casualmente, em ocasião em que estivesse presente o Ferro, que tinha encontrado na Galiza «um tal Caeiro, que me foi apresentado como poeta, mas com quem não tive tempo de falar», ou uma coisa assim, vaga, neste género. O Guisado encontrou o Ferro acompanhado de um amigo caixeiro-viajante, aliás. E começou a falar no Caeiro como tendo-lhe sido apresentado, e tendo trocado duas palavras apenas com ele. «Se calhar é qualquer lepidóptero» disse o Ferro. «Nunca ouvi falar nele … »

E, de repente, soa, inesperada, a voz do caixeiro-viajante: «Eu já ouvi falar nesse poeta, e até me parece que já li algures uns versos dele». Hein? Para o caso de tirar todas as possíveis suspeitas futuras ao Ferro não se podia exigir melhor. O Guisado ia ficando doente de riso reprimido, mas conseguiu continuar a ouvir. E não voltou ao assunto, visto o caixeiro-viajante ter feito tudo o que era necessário.

[…]”

(Carta a Armando Côrtes-Rodrigues – 4 Out. 1914)

No es casualidad, tampoco, que la única entrevista efectuada a Caeiro fuese realizada en Vigo. Si Caeiro pudo pasar por gallego es sólo por una cosa. Quizá Caeiro nos recuerda las cantigas de amor galaicoportuguesas.

Tal como ya anunció en 1914, Alejo Carrera en el semanario Vida Gallega, como preludio del amplio recibimiento que el modernismo portugués tuvo en Portugal, gracias, fundamentalmente a la mediación de Guisado: “Posee el idioma portugués, como el gallego, un don especial que hace que la poesía lusitana tenga un privilegio sobre la poesía de otros muchos idiomas: la melodía.” Y quizá como decimos sólo Carlos Taibo podía mostrar esta semejanza melódica en una traducción tan compleja y precisa como la que nos presenta en este libro.

Gracias Carlos. Que la ironía no nos abandone nunca.

P.S Y todo sin olvidar que Pessoa sabía muy bien, como parece necesario recordar hoy, la importancia que Galicia tiene y siempre tuvo en el papel de una hipotética y utópica reintegración federal de los estados ibéricos:

“Já o problema da Galiza se não assemelha ao problema catalão. O incerto separatismo galego também não pode visar a independência da região, mas já pode visar, sem crime de lesa-Ibéria, a integração no estado português. Há tantas razões para a Galiza ser região espanhola, como para ser parte de Portugal (não digo “região portuguesa”, porque Portugal é uno). Integrada na Espanha, a Galiza segue uma continuidade histórica e não perde pé no valor civilizacional. Integrada em Portugal, fica parte do estado a que por natureza e raça pertence, e também não perde pé no valor civilizacional, porque passa a ser parte de outra nação europeia definida civilizacionalmente.” Ibéria, p. 68. /c.1918/.

Y que Pessoa también sabía muy bien lo que sabe Carlos Taibo: “[…] Galician being, as a matter of fact, an undeveloped Portuguese.”

Manásses, el barbero de Pessoa.

 

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Recuerdo haber pensado hace poco sobre las barberías y sobre las peluquerías masculinas como los lugares más sagrados que yo he conocido. Ninguna iglesia salvo quizá aquella de San Juan Chamula que visité en Chiapas alberga nada tan sagrado como una barbería de barrio de Lisboa o de cualquier otro rincón donde aún el habitar es un arte. Creo, firmemente, que en lo cotidiano, transitado y mirado fijamente, está lo más sagrado que tiene el hombre de hoy, o quizá los pedazos de lo más sagrado que un día tuvo.

Día a día y aún hoy los antiguos hombres de inicios de siglo acudían al barbero para recibir la caricia certera de una navaja que recordaba que el tiempo no sabe morir y tampoco mentir. La barba en el hombre es sin duda una de las manijas de esa alegre maldición de la orilla del tiempo. Muchas mujeres han preguntado a lo largo de la historia, también la mía, para qué sirve el pelo. Lo ignoro en el caso de ellas, creo firmemente que el pelo sirve en el caso de los hombres para sufrir y celebrar el paso del tiempo, para que el hombre se reúna a sufrir y a reír el tiempo.

Siempre he sentido con especial intensidad la profundidad metafísica de las barberías. Imposible no sentir la profundidad del tiempo, todos sus rugosos pliegues cuando el que parece mi rostro se presenta en el gran espejo que me vigila y del que desaparece pelo y quizá tristeza tras la destreza aliviadora del barbero.

Las barberías son lugares a los que los hombres acuden para mostrar que son hombres, que tienen mucho pelo y son valientes y para hablar de mujeres bonitas y de coches y sobre todo de fútbol. Bien, puede ser, pero a las barberías los verdaderos hombres no van a ser hombres sino a ser poetas, es decir, a ver cómo el tiempo desaparece de los rostros y como en lo cotidiano nace lo otro, una belleza soñada o una metáfora que sale inesperadamente de un niño que sobre un taburete sobre la vieja silla hidráulica, sonríe o llora.

Las barberías son los lugares donde la Modernidad sufre y se celebra. Por qué un lugar con tantos espejos. “El creador del espejo envenenó el alma humana” escribió Soares en su libro. Sí, espejos y navajas. Las barberías son los lugares donde lucha el futuro y el pasado, el sueño y la realidad, donde el tiempo puede cortarse para beber su líquido en herida infinita de la navaja sobre el cuello, dispuesto a dejarse seducir por el abismo. Quien no sintió el misterio de la vida en una barbería no es hombre. Quien no pensó en el futuro y en el pasado frente al espejo de una barbería no es hombre. Quien no amó el rostro perdido de niño en una barbería no es hombre. Quien no se sintió hombre, es decir, poeta, en una barbería no es hombre. Sin embargo, es verdad, en las barberías, los poetas, pueden sentir un especial dolor ante la presencia fútil de los otros, ante la nadería del hombre común, del hombre que no consigue sentir ni contemplar la vida, ante el hombre, feliz, en definitiva.

Pienso en todo esto después de ver una barbería cerrada del centro de Lisboa. Cerrada y abandonada como un viejo sueño, como una vida olvidada. Las sillas, aún alineadas, quedan frente al gran espejo donde varios poetas se miraron, con la verdad de quien contempla frente al hombre fútil que habla sin ver, que mira sin ser. Pienso en esto porque en uno de estos sillones estuvo una vez el cuerpo de Fernando Pessoa, allá en la barbería Seixas, de la misma calle donde el poeta tuvo su último y más productivo cuarto en Coelho da Rocha, en el barrio de Campo Ourique.

El propio Pessoa a través de Soares nos habla de la escena cotidiana de la barbería, del asiento vacío donde ayer estuvo un hombre que también hacía la barba y murió. Nos habla de la cotidianidad y su dolor, y del acto sagrado de asomarse al misterio de la vida en tan peculiar disposición del cuello periódicamente raspado por el tiempo.  Ese transeúnte de lo cotidiano, es el hombre dolorido con la vida, incrustado en la vida, como una piedra obligada. Así aparecía Pessoa en la barbería Seixas, distraído, meditabundo, a enfrentarse con el espejo y con las tertulias de hombres fútiles y sabiondos. Allí aparecía para pedirle a su barbero, a quien llamaba “Maestro”, que fuese a su casa a afeitarlo. Se sabe que su barbero le limpiaba su cuarto y le proveía de licor. Y nada de esto me extraña.

Pienso todo esto porque se sabe, que Manásses, el barbero de Pessoa que iba a su casa, quizá porque Pessoa quería huir de los espejos y de los hombres fútiles, fue uno de sus principales amigos y confesores, y sabiendo de lo sagrado del oficio no me extraña. Y lo pienso también porque Manásses, nombre de origen judío, significa “olvido”. Y no hay duda de que Pessoa quiso ser el gran amigo del olvido, que como dijo Borges es lo único que no existe. Pessoa, como todos los poetas, quiso olvidar junto a un espejo.